La rebelión de la decencia

 Si la decencia constituye nuestro principal cortafuegos frente a la creciente polarización destructiva y el autoritarismo, la respuesta no puede ser la resignación ni la trinchera defensiva. El avance global de las posturas iliberales, autárquicas y xenófobas en las democracias occidentales demuestra que el malestar campa a sus anchas. Para frenarlo, el pensamiento progresista debería afrontar una profunda revisión de su discurso y pasar activamente a la ofensiva cívica, conectando con esa inmensa mayoría moderada que busca certidumbres y rechaza el grito. Como señalábamos recientemente, la verdadera rebeldía en este siglo XXI no consiste en gritar más fuerte ni en destruir al adversario, sino en tener la valentía de proponer un modelo de convivencia alternativo.
Transitamos por una época de enorme complejidad, marcada por un individualismo exacerbado, donde las fuerzas iliberales intentan convencernos de que el progreso es una carrera solitaria en la que el prójimo es, en el mejor de los casos, un competidor, y en el peor, un enemigo. El terreno de cultivo para esta trampa lo define con extraordinaria precisión el premio Princesa de Asturias, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Vivimos inmersos en una «sociedad del cansancio», conformada por ciudadanos exhaustos que, ante la incertidumbre global, tienden a replegarse sobre sí mismos. Es precisamente este agotamiento vital el que aprovechan los ingenieros de la confrontación para capitalizar el malestar, ofreciendo chivos expiatorios y el odio como falsa vía de escape a un electorado sin energías para tejer lazos comunitarios.
Frente a esta ceguera colectiva, descrita magistralmente por José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, el progresismo debe desterrar el moralismo estéril y atreverse a plantear un pragmatismo radical. A quienes la fatiga contemporánea les haya llevado a dudar, cabe hablarles desde el interés propio bien entendido. La tozuda realidad demuestra que la polarización y la exclusión jamás mejoran el presente ni el futuro material de los ciudadanos; al contrario, arruinan la estabilidad sobre la que se sustenta su vida diaria.
Hablamos de la necesidad ineludible de ejercer un egoísmo inteligente y adaptativo. Sostener un sistema fiscal justo, una sanidad pública de excelencia, una educación cohesionadora o una integración ordenada no es un mero acto de caridad hacia los terceros. Es, pura y simplemente, la póliza de seguro de vida más barata, eficiente y segura que puede suscribir la clase media para garantizar que sus familias vivan en un entorno pacífico, competitivo y libre de fracturas. Resulta una paradoja casi trágica.
Familias que se dejan la piel a diario para levantar su porvenir renuncian, de pronto, al pensamiento crítico justo cuando toca elegir a quienes gestionarán su bienestar. Ante la árida complejidad de lo público, prosperan los vendedores de atajos. Soluciones milagrosas, tan fáciles como falsas. Pura «mercancía averiada» que solo empaqueta odio y animadversión, arrastrándonos a una evidente regresión civilizatoria. La historia es terca y demuestra que sembrar estas falsas salidas siempre termina arrojando frutos muy amargos para la inmensa mayoría. Frente a este engaño, comprendernos como seres interdependientes es la forma más racional y útil de blindar nuestra propia prosperidad frente a la ley de la selva.
La física y la sociología comparten leyes implacables. Los grandes desequilibrios sociales actúan exactamente igual que el ajuste de las placas tectónicas. Cuando la desigualdad y la exclusión aumentan, la fricción subterránea se acumula en silencio. Tarde o temprano, esa tensión libera una energía devastadora. Y aquí no hablamos de conceptos abstractos. Hablamos de la seguridad de nuestras calles. De la degradación de los hospitales que nos curan. De la imposibilidad de que nuestros hijos proyecten un horizonte. Prevenir ese terremoto social, que destruye el patrimonio, la libertad y la seguridad de todos por igual, es un mandato de pura supervivencia.
Nadie ha dibujado mejor las consecuencias de ignorar estos temblores que Stefan Zweig en su magistral El mundo de ayer. Sus páginas nos recuerdan que la civilización, la paz y los derechos son un barniz extremadamente frágil que se resquebraja rápidamente si no aliviamos la tensión que lo sostiene. Para evitar esos abismos, debemos recuperar la actitud y el espíritu de Erasmo de Róterdam, cuya incesante lucha humanista contra los sinsentidos de su época sembró la semilla de la racionalidad en Europa.
Hoy, esa racionalidad cristaliza para la izquierda en el pensamiento de Tony Judt, nuestro gran hilo conductor, quien nos enseñó que algo va mal cuando la decencia política se deteriora. En este complejo escenario, coquetear con el iliberalismo o dejarse seducir por los discursos de exclusión constituye un trágico autosabotaje.
Ahí fuera hay una inmensa mayoría cívica aguardando pacientemente en silencio. Millones de personas que no buscan rebelarse imponiendo una nueva superioridad moral, sino movidas por el convencimiento inteligente y el instinto de conservación. Quienes forman parte de esta mayoría entienden, porque la historia siempre acaba cobrando sus deudas, que su libertad individual y la paz de sus familias siempre estarán infinitamente más seguras bajo la estructura de una sociedad justa y cohesionada que entre los escombros sociales que deja a su paso la desigualdad.
La decencia ya no es una virtud decorativa ni un ejercicio de buenas intenciones. Es el muro de carga de nuestra civilización. Y por esa certeza, precisamente, merece la pena dejar de resistir, articular la rebelión de la decencia y pasar, de una vez por todas, a la ofensiva.

Autor: Gaspar Llanes Díaz-Salazar y Felipe López García

Ex parlamentarios del PSOE de Andalucía

Publicado el 5 de octubre del 2026