Prólogo de Rafael Escuredo en el libro «Caso García Caparrós. La cara oculta de un crimen de Estado» de Rosa Burgos

Hace años recibí una llamada de alguien que no figuraba en mi lista de conocidos, pero en aquel momento, por alguna razón que desconozco, decidí cogerlo. Al otro lado del hilo telefónico oí la voz de una mujer que me interpelo disculpándose por el atrevimiento de su llamada. Su voz era cálida, templada. Hablaba despacio, como si no tuviera prisa en decirme cual era el motivo de su atrevimiento, como lo calificó ella. Al poco, me comentó, que le gustaría mucho que escribiera el prólogo del que sería su primer libro sobre Manuel José García Caparrós. Le dije que sí, sin pesármelo dos veces, ya que aquel joven representaba. al menos para mí, el símbolo de un hombre de izquierdas que lo menos que pensó aquella mañana tras recoger su bandera blanquiverde y despedirse de su familia, es que encontraría la muerte a manos de un desalmado al servicio de un gobierno civil, autoritario y sin escrúpulos.

Echando la vista atrás, aún me cuesta trabajo entender la mentalidad de aquellos criminales que no aceptaban que su tiempo había pasado y que la democracia era un hecho sin vuelta atrás, y ampliamente aceptada por la sociedad española y andaluza. ¿Qué llevó a aquellos individuos a utilizar fuego real y disparar “al aire”; es decir, al pecho de García Caparrós y acabar con su vida? Aquel pecho inocente, cargado de esperanza, representaba la Andalucía que renacía tras un largo letargo de colonización y subdesarrollo. Era la primera vez que nuestra tierra se ponía en pie, que no se doblegaba y afirmaba su clara voluntad de no ser más que nadie, pero tampoco menos. Lo que olvidaba es que aquellos políticos cuando a la policía se le acabó la munición de fogueo, ordenaran disparar a la multitud con munición de muerte, sin importarles mucho ni poco la vida de un joven que pensaba que la blanquiverde y la enorme multitud que caminaba junto a él eran su mejor escudo.

Con todo yo soy de los que piensan que la culpa no fue solo de esos desalmados que pensaban que Andalucía seguía siendo suya, sino de los demócratas que adormecidos por el buenismo de la dulce transición incurrieron en la complacencia de que “todo el mundo es bueno”, que había que olvidar el pasado, y caminar juntos por la senda constitucional. Un servidor se queda y comparte una frase de Valle-Inclán que reproduzco en mi último libro RECUERDA. El sueño liberal de Manuel Chaves Nogales y que dice así:

“Aquellos individuos del gobierno provisional perdieron la única ocasión que necesitaba España. En lugar de eso, hicieron un martes de carnaval y luego se dispusieron a crear una república de brasero y mesa camilla.”

Y, para terminar, diré: que, si hay alguien que aborrezco entre los muchos personajes del magnífico libro de mi buena amiga Rosa Burgos, es la del confidente. Los suelo asociar al grupo de los melifluos, la de aquellos que se mueven en la equidistancia, cuando no permitiendo incluso que las sospechas recayeran sobre personas inocentes. En fin, de todo hay en la viña del señor. Y ahora, cuando a la familia de nuestro héroe le han entregado toda la documentación sobre aquel crimen, aunque con inexplicables condiciones me pregunto si algún día conoceremos toda la verdad sobre aquel acto que cabe calificar sin ambages como un acto terrorismo de Estado y, por consiguiente, sujeto a las derivadas indemnizatorias que dichos actos suponen.

A mi amiga Rosa solo me cabe darle las gracias por su tenacidad y por  haber sido la primera en dedicar muchas horas de su tiempo a la noble tarea de investigar el asesinato de un hombre al que la izquierda nunca olvidará.

Autor: Rafael Escuredo Rodríguez

Ex Presidente de la Junta de Andalucía

Presidente de la Fundación Andalucía, Socialismo y Democracia

Publicado el 18 de marzo del 2026