El cortafuegos de la decencia
Por Gaspar Llanes Díaz-Salazar y Felipe López García
Una ciudadanía exhausta asiste a la sustitución diaria del debate por el grito. Frente al ruido ensordecedor y la estrategia de confrontación, reivindicar la decencia ha dejado de ser una ingenuidad para convertirse en la mayor de las rebeldías.
La degradación del debate público no es un accidente sociológico, sino una herramienta de poder fríamente calculada en la que hemos caído. En la actual encrucijada, que se plantea en la mayoría de los países occidentales, la línea divisoria más determinante ha dejado de ser la clásica trinchera entre la izquierda y la derecha para situarse, de forma cada vez más nítida, en la frontera moral que separa la decencia de la indecencia que busca la polarización destructiva.
Nos enfrentamos a un deterioro histórico de los métodos democráticos impulsado por quienes han hecho de la radicalización política su principal activo. No hablamos de amenazas abstractas: esta deriva tiene nombres y apellidos en la agenda global. Desde el autoritarismo belicista de Vladimir Putin y el flagrante desprecio al derecho internacional de Benjamin Netanyahu, hasta la gobernanza basada en la fractura que encarnan Donald Trump o Javier Milei, observamos un peligroso comportamiento común. También en Europa. Un patrón que ya no es una amenaza fantasma, sino una realidad que gobierna y gana peso en demasiados países del corazón de Europa. Estos actores operan, con una eficacia que asusta, como correa de transmisión de intereses que ven en los consensos democráticos un límite a sus ambiciones particulares. El verdadero drama de nuestra época es cómo han logrado convertir la defensa de esos intereses en emociones primarias para arrastrar a millones de personas.
Para comprender esta deriva «iliberal», como la define la premio Pulitzer Anne Applebaum en El ocaso de la democracia (2020), debemos analizar la maquinaria tecnológica que la sustenta. Como bien advierte el politólogo Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos (2019), hemos transitado hacia un ecosistema donde los algoritmos fomentan la polarización afectiva. Encerrados en cámaras de eco, los ciudadanos son bombardeados con desinformación con un fin claro: que el electorado deje de pensar racionalmente y actúe movido por la hostilidad y el odio. Mientras la ciudadanía se agota en el barro de las redes sociales —que multiplican, como modernos leviatanes, estos males—, corremos el riesgo de olvidar cómo pensar políticamente sobre el bien común, tal y como nos advirtió Tony Judt. Es bajo esta amnesia donde se intenta desmantelar por la puerta de atrás el Estado del bienestar y los cimientos de la igualdad de oportunidades, conquistas irrenunciables del movimiento obrero.
¿Qué es esta decencia que defendemos frente a dicha amnesia? No es otra cosa que proteger la democracia y sus fundamentos. Esos lemas que elevaron en la historia a la revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad. En pleno siglo XXI siguen vigentes. Empieza por la fraternidad que es una exigencia a la propia clase política para que sirva de ejemplo de urbanidad y cortesía institucional, más allá de las legítimas diferencias que puedan existir. Pero esta decencia trasciende el mero diálogo, porque de lo que se trata es de concebir la acción pública como el instrumento supremo para emancipar al ser humano y elevar su dignidad, frente a la ley del más fuerte.
En este sentido, ejercer la decencia exige rebelarse frente a la trampa de la polarización que nos engulle y tener la grandeza de forjar amplios consensos para defender la democracia de los embates iliberales. Hablamos de consensos históricos, como lo fueron los Pactos de la Moncloa en España o los sucesivos tratados fundacionales de la Unión Europea; pilares sobre los que, durante décadas, se han construido los mayores avances en bienestar social de nuestra historia contemporánea. Quienes hoy desprecian los hechos objetivos de nuestros grandes logros y exacerban la hostilidad no actúan por capricho: buscan fracturar estos formidables acuerdos sociales para imponer la arbitrariedad que anhelan los promotores del enfrentamiento.
Bajo este clima, resulta gravísimo para la convivencia instalar el insulto sistemático y la falta de respeto hacia quien piensa diferente, deshumanizándolo hasta intentar su eliminación moral y cívica. Si las posiciones radicales y de exclusión del otro, consiguen el apoyo mayoritario en la sociedad, corremos el trágico riesgo de reproducir episodios donde la ceguera política causará guerras injustas, fracturas irreparables y una incalculable pérdida de vidas humanas. Como advirtió Mahatma Gandhi, la ley del «ojo por ojo» solo conseguirá que el mundo entero se quede ciego. Lo verdaderamente decente es impedir esta ceguera colectiva, fabricada en exclusivo beneficio de quienes sí ven el tablero con suma claridad para imponer sus propios privilegios.
Ante ello, no basta con resistir, hay que pasar a la proposición y reivindicar la decencia con un patriotismo cívico, integrador y profundamente europeísta. Ha llegado la hora de que los liberales demócratas y los socialistas forjen un frente común inquebrantable frente a los iliberales. Es en este contexto donde Europa debe afianzar su papel como el gran baluarte defensor del Estado del bienestar y del Estado de derecho, incluido el derecho internacional y las instituciones que los defienden.
Pero no tenemos por delante únicamente una tarea de pedagogía que es esencial para combatir la desinformación; lo que se nos exige es muchísimo más. Debemos empezar por desterrar cualquier complejo de inferioridad y sentir un profundo orgullo por lo que hemos creado desde el nacimiento de la Unión Europea en 1951. El modelo de economía social de mercado, defendido históricamente por pensadores como Wilhelm Röpke y dotado de alma social por el movimiento obrero, nos ha legado una arquitectura de valores éticos que hace que el mundo entero envidie lo que hemos construido. Lo que esta alianza histórica ha erigido es, sin exageración, el mayor éxito de la política en la historia de la humanidad, y hoy está gravemente amenazado. Es el momento de no dudar y de apostar con firmeza por aquella ambición que ya anticipó Victor Hugo: los Estados Unidos de Europa.
Decía el histórico canciller socialdemócrata Willy Brandt que «no nos vencen las dificultades, sino la resignación ante ellas». Y resignarnos hoy sería entregar nuestra democracia y la Unión Europea a los ingenieros del caos.
Por ello, levantar este cortafuegos de la decencia trasciende la mera postura ética o el simple compromiso cívico; es, ante todo, un compromiso profundamente político y un imperativo de supervivencia. Frente a quienes han decidido que su sed de poder no entiende de límites éticos, nuestra respuesta debe ser contundente: defender con profundo orgullo lo público y la convivencia democrática.
Porque, al final, la verdadera rebeldía en este siglo XXI no consiste en gritar más fuerte ni en destruir al adversario, sino en tener la valentía política e intelectual de sostener una arquitectura institucional que nos permita tratarnos, por encima de todo, como seres humanos libres, dignos e iguales. Este es precisamente el verdadero significado de la palabra política.

Autor: Gaspar Llanes Díaz-Salazar y Felipe López García
Ex parlamentarios del PSOE de Andalucía
Publicado el 24 de agosto del 2026
