Somos Nacionalidad Histórica, es una conquista para siempre

Los parlamentarios andaluces elegidos en las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977, se reunieron por primera vez en Torremolinos aquel mismo verano, para debatir sobre el futuro político de Andalucía y su posible autogobierno en un marco territorial del Estado aún por definir. Las entonces llamadas nacionalidades históricas, especialmente Cataluña y el País Vasco, venían ya reivindicando una autonomía que les iba a ser reconocida por haber refrendado sus respectivos estatutos en la Republica.

Esa reunión de parlamentarios fue el primer paso para una larga y difícil marcha hacia una forma de autogobierno que entonces no estaba nada clara, ni siquiera se sabía si sería finalmente posible. Pero aquellos parlamentarios fueron diligentes para interpretar lo que latía entre las inquietudes del pueblo andaluz, que estaba intuyendo una nueva arquitectura del Estado que podría condenar a Andalucía a ocupar un lugar de segunda fila.

El partido socialista se dispuso a liderar ese proceso que se abría para evitar que una Andalucía tradicionalmente agraviada sufriera una discriminación que marcaría un futuro perdedor. Se trataba de convertir ese peligro en una oportunidad para romper con ese fatalismo que había condenado al sufrimiento resignado a generaciones de andaluces. El camino se presentaba lleno de dificultades y, luego se comprobaría, lleno de trampas.

Todo lo sucedido en aquel momento, los detalles de unos hechos que demuestran la indiscutible voluntad de autogobierno del pueblo andaluz, el papel que asumió cada partido ante la Historia, aquel vertiginoso e intenso camino de obstáculos que hubo que salvar hasta la aprobación en Referéndum del primer Estatuto, en Octubre de 1981, está recogido en muchas publicaciones, libros, artículos, trabajos monográficos y en documentales, resultando especialmente recomendable la lectura del libro “valió la pena”, un trabajo imprescindible escrito por Rafael Escuredo y Juan Cano. Creo que es hora de reflexionar sobre todo lo ocurrido entonces, que

supone un activo que los andaluces deben estar dispuestos a defender, representando un patrimonio político irrenunciable, no sólo para aquellas generaciones que protagonizaron en primera línea tan épica batalla, sino para cualquier generación de andaluces que lo fueran heredando en el futuro.

En los primeros momentos, no había recursos propios ni competencias. Pero se contaba con la voluntad del pueblo andaluz que había salido a la calle el 4 de diciembre de 1977 para mostrar con una fuerza incontestable su voluntad de un autogobierno del mismo nivel que el que se suponía iban a alcanzar el País Vasco y Cataluña, una voluntad que el PSOE de Andalucía hizo suya. Eso impulsó a Placido Fernández Viagas a convocar a todos los partidos un año más tarde, el 4 de diciembre de 1978 en Antequera, para la firma de un pacto político de compromiso por una Autonomía plena para Andalucía. “El pacto de Antequera” fue suscrito por 11 partidos, entre ellos, junto al partido socialista firmaron la UCD, el Partido Comunista y el PSA.

Dos días más tarde se celebró el Referéndum por la Constitución que fue abrumadoramente aprobado por los españoles. El título octavo del texto

constitucional dibujaba un diseño territorial asimétrico que reconocía un autogobierno político a las Comunidades reconocidas entonces como históricas, dejando para las demás un estatus de mucho menor contenido, y abriendo una remota posibilidad en el artículo 151 para que pudieran alcanzar un autogobierno equiparable al de las históricas. Cobraba un trascendental valor político el pacto de Antequera que comprometía a los partidos firmantes a conseguir una autonomía de primera. El Partido Socialista nunca perdió de vista ese compromiso, que defendió con gran determinación y con el liderazgo de Rafael Escuredo; que accedió a la presidencia de la Junta preautonómica en junio de 1979, una vez celebradas las primeras elecciones municipales.

Los ayuntamientos andaluces cumplieron con holgura la primera condición constitucional, y aprobaron en su gran mayoría la iniciativa autonómica por el

151. Faltaba la ratificación en Referéndum del pueblo andaluz. Y aquí apareció ya el desmarque del partido del Gobierno, la UCD, que tuvo que convocar el Referéndum, entre otras cosas por el empeño de Rafael Escuredo, que literalmente le arrancó una fecha para la convocatoria en un trabajadísimo encuentro en la Moncloa. Pero luego vendría la reducción de

días de campaña, la no actualización del censo, la retirada de los Medios de Comunicación del Estado, de la Campaña Institucional, un texto en la papeleta de voto ininteligible, y todo el aparato del Estado operando para que el Referéndum fracasara. El presidente Andaluz se multiplicó hasta la extenuación en actos de campaña por toda Andalucía. Y llegó a encerrarse en la sede de la Presidencia en huelga de hambre, cuyos ecos resonaron con fuerza en la conciencia de los andaluces, que captaron la discriminación con la que se estaba intentando impedir que el pueblo andaluz lograse sus aspiraciones.

Rafael Escuredo las sintetizó en una frase “Andalucía no quiere ser más que nadie, pero tampoco menos. Ha dejado de estar de rodillas y se ha puesto en pie. La participación fue masiva, porque la voluntad política era grande y decidida. El resultado reconoció esa voluntad, y siete provincias superaron la mayoría de votos afirmativos sobre el total del censo, algo que los observadores consideraban técnicamente imposible. Almería se unió al resto de las provincias mediante dos leyes consensuadas en el Congreso de los Diputados, y que respondía a un triunfo incontestable en el Referéndum.

Andalucía lo había conseguido. Había conquistado esa herramienta que necesitaba para romper con siglos de agravio. El Estatuto podía equipararse al de las entonces llamadas nacionalidades históricas, como Cataluña y el País Vasco. Galicia lo tenía en Derecho.

Luego se abrirían para las demás comunidades parte de las instituciones y competencias conquistadas por el pueblo andaluz. Pero no se equiparaban los derechos políticos. Andalucía, su conquista lograda en aquel Referéndum, iba mucho más allá de lograr unas competencias descentralizadoras. Andalucía luchó POR SÍ, para conquistar un lugar, en cuanto a rango, derechos políticos y niveles competenciales, al mismo nivel que las llamadas históricas. Y ese es un legado que las generaciones actuales y futuras deben mantener. Porque fue una conquista tras una movilización popular única en España en la segunda mitad del siglo XX. Porque es un patrimonio que constituye una seña de identidad del pueblo andaluz. Un patrimonio que hay que cuidar y en el que hay que profundizar. La lucha política de aquellos años fue de una gran intensidad, la de un pueblo firme y decidido en la defensa de su dignidad y de su voluntad de ser, que no permitiría ninguna vuelta atrás. Andalucía hoy dispone, para mantener su conquista, de los instrumentos jurídicos y políticos

necesarios. La tarea permanente corresponde afrontarla a las sucesivas generaciones. No es suficiente la simple descentralización. Es obligación de los gobernantes y los partidos andaluces profundizar en los derechos conquistados. Ningún territorio tendrá ya más derechos políticos que Andalucía. Sin duda, habrá intentos en esa dirección y tendremos que estar atentos para no volver a un papel secundario en el Estado. Somos Nacionalidad Histórica, es una conquista para siempre. No tiene fecha de caducidad.


Autor: Enrique García Gordillo

Publicado el 25 de noviembre de 2025