La necesaria alianza de la diferencia
Gilles Deleuze, comentando la filosofía empirista de Hume, nos habla de la conciencia con una metáfora rompedora con la tradición espiritualista del continente europeo. La conciencia sería como la caja de resonancia de un instrumento musical de cuerda que recoge y sostiene durante unos instantes las vibraciones producidas por las distintas tensiones de sus filamentos. Con esta consideración queda patente que los ciudadanos, cuando quieran acudir a la conciencia como el último reducto de su enfrentamiento con el mundo, han de ser fundamentalmente tolerantes. Las distintas tensiones que determinan su ser eliminan uno de los conceptos más definitivos en la consideración del ser humano: la identidad. Así se abre la vía de la filosofía de la diferencia y de la creatividad, que, a decir verdad, se puede rastrear en la tradición europea desde la Edad Media con la filosofía nominalista, sin necesidad de alejarse hasta el pensamiento presocrático.
La relación con los demás ya no puede ser desde el dogmatismo del actor privilegiado que parte con el acervo de la verdad y los medios necesarios para su implantación. La salud de la polis depende de la capacidad de sus agentes de establecer alianzas con los otros, los diferentes, aquellos que padecen tensiones desiguales, discordantes e incluso opuestas. ¿Esto es fácil? Rotundamente, no. ¿Esto es posible? Sin duda, como pacto sellado definitivamente de una vez por todas y con el contento universal, tampoco. Sin embargo, es imprescindible si esa tarea de la armonía la percibimos como una misión que es preciso afrontar necesariamente, pues no hay alternativa si se quiere sobrevivir y, sobre todo, convivir. El pacto con el otro no tiene otra opción, seamos partidarios de Rousseau o de Hobbes. Es menester entenderse y cohabitar si queremos seguir siendo seres humanos. Medios e instrumentos hay muchos y son los ciudadanos los que deben elegir; es el juego de la res publica, que no es otra cosa que el arte de la convivencia donde nadie sea más ni menos que los demás. El juego de la democracia, como todo juego, exige el fair play, el juego limpio, es decir, no hacer trampa.
Los ciudadanos deben huir de los farsantes precisamente para garantizar la convivencia democrática, la que tiene como objetivo la igualdad, la libertad y la fraternidad, los tres conceptos que nuestro mundo occidental conquistó como constitutivos de un ideal que desde siempre los humanos venían persiguiendo. Lo que tienen de especial estos términos, por vez primera en la historia a partir de la Revolución Francesa, es que poseen la cualidad del triángulo: si no hay tres lados, no hay figura triangular posible. Si falta alguna de las ideas que encarnan, no hay comunidad. La democracia, como el reino de los fines, donde nadie sea medio ni instrumento para los intereses de algunos, ha de perseguir que todos los ciudadanos vivan en igualdad, libertad y fraternidad. Son las constituciones democráticas las que señalan los caminos de la consecución de tales objetivos.
En una democracia, bien en su significado popular del gobierno menos malo de los posibles sistemas de convivencia, o en sentido positivo, que a mi parecer integra mejor el significado del término —el de la filosofía hegeliana del derecho, entendido como el espacio donde se conjugan los intereses de los particulares entre sí y de estos con el bien general en todas sus expresiones—, el fair play es esencial. Si no se da, la democracia no es real. Y la trampa principal a evitar es la deshumanización del adversario, que se supone acepta los tres conceptos antes mencionados como el objetivo de la convivencia. Si esto se asume, la alianza con la diferencia es consustancial al sistema democrático de convivencia.
Cuando este principio se acepta, ya no hay lugar en la contienda política para la demonización del otro ni para la mentira como instrumento para la adhesión de voluntades.
En estos momentos, en la patria, en España, en nuestro país, en el conjunto del Estado —cada cual lo llame como quiera y pueda—, parece que se han olvidado estas verdades generales y previas que se han mencionado. Pareciera que hemos tocado fondo y todo está perdido porque la madeja de la convivencia está embrollada hasta límites insospechados: jóvenes contra mayores, propietarios contra inquilinos, empresarios enfrentados a trabajadores, medios de comunicación como si no fueran un servicio público obligado a la información no mentirosa, justicia contra lo que los ciudadanos entienden que es el derecho, redes sociales donde la subjetividad impera, profesionales de un nivel enfrentados con los de otros niveles, partidos políticos —en principio democráticos— que no respetan la diferencia del otro, lo público contra lo privado. En definitiva, la emoción de unos y otros, inevitablemente con sus intereses a cuestas, enfrentada a la razón, y esta olvidada de que ha de ser comunicativa para justificar su nombre.
Para recuperar su derecho a ser, la razón ha de ofrecer en todos y cada uno de los conflictos argumentos lógicos de obligada aceptación por el otro. Difícil, sí, pero a la vez hermoso y esperanzador. Si alguien tiene una alternativa, por favor, que tome la palabra ya.
Nuestro mundo, donde todo lo que nos constituía parece acabado, tiene que mirar al final del poema de Baudelaire, Las flores del mal, y entender que nuestra labor es la del labrador en otoño, que toma la pala y el rastrillo para abonar una vez más el terreno, anegado de huecos como tumbas, con un mantillo nuevo.

Autor: Juan Francisco García Casanova.
Catedrático de Filosofía
Publicado el 13 de abril del 2026
