La melancolía de la Gauche Divine

Todo tiempo pasado fue mejor. ¿Quién lo dice? No lo sé a ciencia cierta, pero me parece que todo el mundo por los resultados que contemplo en mi entorno cotidiano. Desde el frutero de la tienda de al lado a la señora que me prepara la caballa para el guiso de hoy. No digamos nada del mecánico que me pone a punto el coche para la revisión de la inspección técnica, ni del propietario del bar de la esquina que no ceja de lamentarse del robo que le infringe el estado con los impuestos y las constantes subidas salariales y costes de la seguridad social de sus empleados, sin contar las penurias que pasa para poder contratar gente preparada para el servicio. Tengo que confesar que mi empatía se desmorona por momentos. Por todas partes no escucho nada más que lamentos. Me contagian el desasosiego que parece emanar de sus vidas tremendamente desgraciadas por culpa de terceros sin rostro y siempre ausentes y comienzo a sentirme mal y parece que todo es por mi culpa.  ¿Seré yo uno de esos seres solitarios, raros y extravagantes que pululan en cuentos y películas, por lo general malos, encerrados en sus pequeñas y egoístas torres de marfil, con sus libros y recuerdos de otra vida infinitamente mejor, ensoñada eso sí, que no quiere enterarse de nada de lo que acontece? Tal vez tendría que dar un paso al frente y poner algo de mi parte, aunque sea mínimo, para mejorar este mundo asfixiante que nos oprime por doquier. Por lo que atisbo la solución, simple y sencilla, está a la mano de cualquiera.  Con certeza me liberaré de esa extraña sensación de fracaso universal cuando la luz de la verdad me derribe del caballo como ocurrió con Saulo camino de Damasco, y acepte la fe verdadera: entender que el origen de todos los males lo tiene el Sanchismo. Pobre Don Quijote que pensó durante toda su vida lo mismo hasta que en el lecho de su muerte comprendió la grandeza de Sancho.

Pero Don Quijote, a diferencia de los sufridores de hoy, decepcionados, mortificados y por una extraña y poderosa razón que no alcanzo a captar, también agraviados, sentía una admiración honda por Sancho y lo que representaba su visión del mundo  más allá de lo que le dictaba su razón. Un mundo en el que el cambio lo estaba poniendo todo del revés, como pocas veces había ocurrido en la Historia. No era fácil aceptar que la tierra era redonda, ni que la tierra giraba en torno al sol, ni que había otros seres humanos iguales a nosotros allende el horizonte al tiempo que el mundo de las creencias se estaba multiplicando como consecuencia de tantos viajeros que iban y venían por todos los caminos de tierra y de mar. Ya no podía colar que los molinos pudiesen ser gigantes, ni que señores y condes y héroes de cualquier laya fuesen seres de otra estirpe con todos los derechos de su parte. Era un mundo en el que la ciencia empezaba ser el faro para el progreso de la humanidad y esto lo trastocaba todo.

El sanchismo cervantino no es nada más que una aceptación pragmática del mundo real, ajeno al de los héroes y caballeros andantes, plagado de gentes sencillas y Aldonzas robustas.  Es verdad que para esa transformación el héroe manchego hubo de pasar por una larga y profunda transformación gracias una enfermedad producida por un virus virtual pero efectivo, el de la melancolía.

Tal vez la melancolía sea la enfermedad que atenaza y esteriliza la lucha del activismo de cierta izquierda, antaño denominada gauche divine, y que la tradición socialista, sobre todo la marxista, llamaba sin complejos infantilismo.  No ocurría así ni en la corriente humanista del socialismo de Proudhom donde la contradicción era condición del género humano, ni tampoco en las corrientes del socialismo humanista de Fourier, ni en el saint-simonismo ni en otras escuelas comunitaristas inglesas.

La versión ideológica que de la realidad ha tenido la derecha siempre ha sido simple y perezosa. Nunca entendió que los seres humanos no son sino sujetos, dotados de conciencia sí, pero constituidos por multitud de relaciones sometidas a incesantes mutaciones y cambios de toda índole y naturaleza. Y esa esa era su esencia, su verdad ontológica. Olvidar esto, o simplemente dejarlo de lado, y fomentar la decepción y desorientación a través de medias verdades cuando no con enteras mentiras está contribuyendo a entornos de pensamiento y palabrería casi apocalípticos.

En la historia, el pensamiento conservador siempre ha actuado de modo parecido, acentuando los puntos débiles en los momentos de cambio histórico y azuzando las contradicciones del sistema para hacerlo crujir y estallar desde dentro. No pocos militantes de izquierdas con más frecuencia de lo deseable se suman, indolentes y perezosos, a ese magma de descontento, frustración, pérdida, desilusión, que hoy inunda la vida pública creando una gran desilusión colectiva, sin separar el trigo de la paja, olvidando que la mejor opción para el cambio hacia un mundo más justo no es la más ideal sino la más equilibrada y preferible.

Y yo pregunto, ansioso de que alguien con sabiduría y reconocimiento me diga con honestidad dónde está el fiasco, el engaño, la pérdida de tanta bondad y justicia y de tanto bienestar y libertad arrojados por la borda. La utopía nunca está a la vuelta de la esquina. Invariablemente es un horizonte de referencia, siempre orientador y necesario, que cuanto más se avanza hacia él más se aleja. Supongo que es por indolencia, por no pisar firmemente en el suelo de la realidad democrática dependiente del pacto, de la transacción, donde sin duda todos se dejan pelos en la gatera. Es en esa inútil y estéril rebeldía contra la realidad de la desigualdad, que nadie con un mínimo de sensibilidad y bonhomía acepta, donde la denominada izquierda a la izquierda…, pleonasmo que trata de ocultar luchas fratricidas bien pertrechadas de egos e intereses espurios, engorda los dividendos de la política conservadora, enemiga acérrima de la justicia, sobre todo retributiva.

Autor: Juan Francisco García Casanova

Catedrático de Filosofía    

Publicado el 19 de mayo del 2026