La derecha contra el siglo XX y la democracia
La velocidad de las crisis que se están sucediendo en nuestro país y en el mundo nos puede provocar que no seamos capaces de distinguir los árboles del bosque. Ya se sabe que un exceso de información es desinformación, y que parte de la estrategia de las derechas es generar ruido, un ruido insoportable, que convierta la actualidad en un espacio insano y se consiga que una parte de la población progresista se aleje de la política asqueada. Lo vimos con González, lo vimos con Zapatero y lo estamos viendo con Sánchez. Pero de vez en cuando hay que tratar de abstraerse de lo cotidiano y de lo inmediato para observar tendencias y poder actuar en consecuencia.
Una de las tendencias más preocupantes es la mutación de gran parte de las derechas hacia postulados antidemocráticos. Ya no son aquellos neoliberales que iban, poco a poco, hurtando los espacios democráticos y vertiendo la soberanía de los países en la mal llamada “gobernanza”, a través de instituciones internacionales basadas en posturas tecnocráticas neoliberales. Ahora son aquellos que ni siquiera intentan aparentar que la democracia les importa y la intentan vaciar por dentro. Aquí entran los neofascismos, autoritarismos populistas, el trumpismo, los libertarios, que se basan en la teología de la dominación, que es la base de su política económica, y el deslizamiento de los conservadores y liberales clásicos hacia dichas posturas. La economía de la Escuela de Chicago o la Escuela Austríaca no se sustenta empíricamente, y es en realidad una teología que justifica la dominación de la clase corporativa sobre todas las demás. En esos últimos años vimos como caían, una tras otra, las teorías que sustentaban sus políticas, desde la famosa “teoría del goteo”, pasando por la economía basada en la oferta, o las justificaciones para implementar durante la crisis las recetas de austeridad.
Cómo la globalización neoliberal ha perdido su capacidad de seducción, nos hemos ido deslizando peligrosamente sobre una pendiente que ha llevado a muchos de estos ideólogos hacia el autoritarismo. La acumulación de crisis tras 2008, pasando por el cambio climático, la irrupción de la IA, el ascenso de los tecnoligárcas, las guerras que se producen por el mundo, etc., han acabado impulsando la demanda de respuestas autoritarias, ya que ofrecen la ilusión de que se está haciendo algo contra estos problemas complejos, o peor, se los están negando, como el cambio climático. La promesa de una vuelta a un pasado idealizado, estilo años 50, cala en gente que nunca vivió dicha época.
Desde 2008, y la salida implementando la austeridad, ha acabado favoreciendo, tras disciplinar a Grecia y Syriza, a las extremas derechas, que han infectado con su retórica a los partidos antiguamente democristianos, conservadores y liberales, y cada vez que estos han asumido parte del discurso de la extrema derecha, la han engordado. Cada vez que los asumen en los gobiernos, los han hecho crecer, como ya ocurrió en los años 20 y 30 con el fascismo italiano y el nazismo alemán.
Desde la crisis del 2008 se ha ido acelerando el programa soñado por las derechas de acabar con las conquistas del movimiento obrero del siglo XX. El ataque al Estado del Bienestar se realiza desde varios frentes. Primero, poniendo en duda su viabilidad económica, donde encajan las narrativas de la “guerra generacional” para negar la viabilidad de las pensiones, y fomentar las pensiones privadas, o cómo los inmigrantes no aportan lo suficiente para sostenerlo y lo sobrecargan, utilizándolos como chivo expiatorio para todo. Segundo, atacan las bases del sistema fomentando un proceso de mercantilización de esos derechos humanos provistos por el Estado. Se logra degradar el sistema privándolo de recursos materiales y humanos, de esa manera se fomenta la creación de un negocio privado, que aprovecha de manera parasitaria las fallas del sistema público creadas por los gobiernos principalmente de las derechas. Luego el sistema se va transformando lentamente en poco eficaz y focalizado a las rentas bajas, lo que lo convertirá en un sistema pobre y pobremente financiado. Tercero, con la degradación de los servicios del Estado del Bienestar, se ataca el principio que hace solidarias nuestras sociedades, los impuestos. Se busca reducir significativamente la recaudación fiscal de los impuestos que gravan la riqueza, las herencias o el trabajo, y se suben los indirectos (más injustos), favorecidos por una retórica antiimpuestos que se nutre de que no se perciben buenos servicios por los impuestos que se recaudan. La realidad es que los propios gobiernos son incapaces de gastar lo que recaudan por su propia incompetencia, llegando al paroxismo, por ejemplo, en Andalucía, con un gobierno del PP que tiene 1500 millones de superávit que le recorta 15 millones a la Universidad de Sevilla para favorecer a las universidades privadas.
La retórica antiimpuestos está basada en estimular la insolidaridad fiscal y social, usando la degradación de los servicios públicos, como las rentas contra la pobreza. Desde discursos meritocráticos se defiende que dichas ayudas son responsables de la vaguería y son caladeros de compras de votos por parte de la izquierda, aunque no se sostengan bajo ninguna prueba. Dicha retórica es una vuelta de tuerca a las tesis de Thatcher de que el dinero está mejor en los bolsillos de la ciudadanía, pero encubre que con un seguro privado no vas a poder pagarte una operación del cáncer, y de que curarte se va a terminar convirtiendo en un sinónimo de poseer recursos para poder hacerlo.
El ataque furibundo de las derechas de todo pelaje contra el contrato social de mediados del siglo XX, logrado tras la victoria aliada en la gran guerra antifascista, amenaza con degradar la democracia en sí misma, transformándola en un sistema oligárquico, y de desigualdad de oportunidades, donde las posibilidades de cambio social acaban siendo obstruidas. Vean el ejemplo de Hungría. Acabaron colonizando los aparatos del Estado, modificando los sistemas electorales, controlando los medios de comunicación y la judicatura, para evitar cualquier cambio político en el país, favorecido por la práctica desaparición de la izquierda tras el período soviético. Estas derechas no son democráticas y buscan vivir en un estado de excepción permanente.
Además, estas derechas son anticientíficas, como ya lo fueron en los años 30. Han cogido la bandera de la irracionalidad, que esconde los intereses de las grandes empresas petroleras, gasísticas y nucleares, y que pretenden retardar la lucha contra el cambio climático para asegurar los ingresos de dichas grandes empresas. También lo vimos con la vacunación de la COVID19, poniendo en peligro la salud pública.
Otro de los objetivos claros es ir contra los sindicatos y los trabajadores. Buscan flexibilizar las normas laborales, que en realidad significa fortalecer la fuerza de la Patronal y debilitar a las fuerzas del trabajo, y debilitar el poder de negociación a través del debilitamiento de los sindicatos de clase.También van contra los derechos de las minorías y las mujeres. No soportan los avances del feminismo, ni del colectivo LGTBIQ+, ni de las minorías migrantes. Usan a los inmigrantes como espantajo para enfrentar al penúltimo contra el último de la sociedad y desviar la atención de la grosera acumulación de riqueza en el 1%. Esa es una de las grandes batallas de la actualidad, el combate contra la desigualdad, que es, a fin de cuentas, la lucha de clases en estado puro. La creciente desigualdad también acaba degradando la democracia, el sostenimiento de la pobreza en varios sectores de la población también degrada la democracia. Hay que organizar coaliciones amplias bajo un proyecto esperanzador.
La izquierda debe rearmarse ideológicamente, reorganizar el partido y ponerlo a funcionar, dejar de dar por hecho que los consensos del siglo XX siguen siendo aceptados por la mayoría de la población, dar la batalla cultural, permear de nuevo a la sociedad, proponer un proyecto esperanzador que encare los grandes problemas del siglo XXI, o nos dirigiremos a una distopía. La supervivencia de la democracia va de la mano del reforzamiento del Estado del Bienestar y la lucha por el clima. Hay que volver a estudiar.

Autor: Pedro González de Molina Soler
Profesor de Geografía e Historia
Publicado el 9 de junio del 2026
